El domingo por la mañana, papá está en la cocina. Pela papas para el almuerzo. Las papas caen una por una en el agua. El olor es bueno y toda la familia está contenta.
La hija pequeña, Ana, entra corriendo. Tiene dos pelotas en las manos. Una pelota es roja y la otra es azul. "¡Papá, ven a jugar!" dice ella. Papá mira las pelotas y sonríe. "Primero termino las papas, después juego contigo," le dice.
Ana sale al jardín. Allí hay un pequeño estanque con un pez naranja. El pez nada de un lado al otro. Ana lo mira mucho tiempo. "Hola, pez," dice ella en voz baja. El pez no responde, claro, pero Ana está feliz de todas formas.
Mamá llega a casa con una bolsa grande. Trae un pasaje de tren en la mano. "Miren lo que encontré," dice. "Es un pasaje para visitar a la abuela la próxima semana." Papá deja las papas por un momento. "¡Qué buena noticia!" dice él. Ana escucha y salta de alegría.
Pero después, papá está preocupado. "¿Tenemos tiempo para ir? Tengo mucho trabajo esta semana," dice. Mamá lo mira. "No estés preocupado, todo va a estar bien. La abuela nos espera y ella necesita vernos."
Papá respira y asiente. Vuelve a las papas. Las corta en trozos pequeños y las pone en la olla. El agua empieza a hervir. El calor llena la cocina.
Ana regresa del jardín. "El pez está bien hoy," dice ella. "Ayer el pez no comió, pero hoy sí comió todo." Mamá sonríe. "Tú cuidas muy bien al pez."
Al mediodía, la familia come juntos. Las papas están ricas. Papá pone más papas en el plato de Ana. Ella come todo sin problema.
Después del almuerzo, papá sale al jardín con las dos pelotas. Juega con Ana por una hora. Las pelotas van y vienen entre los dos. Mamá los mira desde la ventana y toma su café.
Al final del día, papá ya no está preocupado. El pasaje de tren está sobre la mesa. La familia va a ver a la abuela. Todo está bien.