Hace mucho tiempo, un soberano vivía solo en un gran palacio. Tenía todo el oro del reino, pero no tenía amigos. El soberano pensaba que el dinero era lo más importante en la vida. Se suponía que un rey rico era un rey feliz. Pero él no era feliz.
Un día, una niña llamada Mara llegó al palacio con una cesta de tacos. Los tacos eran simples: solo maíz, frijoles y un poco de sal. Mara los había hecho ella misma esa mañana. Ella quería darle algo al soberano porque, en su pueblo, era normal compartir comida con los vecinos.
El soberano la miró con sorpresa. Nadie le había dado nunca comida así, tan simple. Él se suponía que los regalos para un rey tenían que ser joyas o telas finas. Pero aceptó los tacos y los probó. Eran los tacos más ricos que había comido en su vida.
—¿Por qué me traes esto? —preguntó el soberano.
—Porque eres mi vecino —dijo Mara—. Y los vecinos se ayudan.
El soberano no entendía bien esa idea. Sobretodo, no entendía por qué ella sonreía tanto sin tener mucho dinero. Sobretodo, le confundía que ella parecía más feliz que él.
Mara volvió al día siguiente, y al otro, y al otro. Cada vez traía algo diferente: un poco de fruta, una flor del jardín, una canción. El séptimo día, no trajo nada. Solo llegó y dijo:
—Hoy no tengo nada para traerte. ¿Puedo sentarme contigo un momento?
El soberano sintió algo extraño en el pecho. Era la primera vez que alguien quería estar con él sin querer nada a cambio.
—Sí —dijo él—. Siéntate.
Hablaron durante horas. Mara le hizo una sugerencia: salir del palacio y caminar por el pueblo con ella. El soberano dudó. Era una sugerencia muy simple, pero a él le parecía enorme. Nunca salía solo.
Al final, salió. Caminaron juntos por las calles. La gente saludaba a Mara y, poco a poco, también empezó a saludar al soberano. Él se sentía raro, pero bien.
Esa noche, el soberano pensó mucho. Él se suponía que ser rey era suficiente para ser feliz. Pero ahora entendía algo nuevo: la amistad era más valiosa que el oro. Sobretodo, era algo que no se podía comprar.
Al séptimo mes de su amistad con Mara, el soberano tomó una decisión. Abrió las puertas del palacio para todos. Organizó una gran comida con tacos para todo el pueblo. Él mismo ayudó a preparar los tacos, aunque no lo hacía muy bien.
La gente reía y comía junta. El soberano reía también. Era la primera vez en muchos años.
Esa noche, Mara le hizo otra sugerencia:
—Mañana hacemos esto otra vez, ¿sí?
El soberano sonrió y dijo:
—Sí. Mañana y todos los días.