Cada mañana, Ana limpia el polvo de los asientos del autobús antes de que lleguen los pasajeros. Es un trabajo sencillo, pero ella lo hace con cuidado. El polvo vuelve siempre, todos los días, sin falta.
A las ocho en punto, los pasajeros empiezan a subir. Hay numerosas personas que toman este autobús cada mañana: estudiantes, trabajadores, personas mayores. Ana los conoce a todos. Sabe que los peores días son los lunes, cuando todo el mundo tiene sueño y nadie habla. Los peores lunes son en invierno, cuando hace frío y llueve.
Hoy sube Carlos, un hombre simpático que viene de Portugal. Él vive aquí desde hace tres años, pero todavía habla de Portugal con mucho amor. "En Portugal", dice Carlos, "los autobuses son más pequeños." Ana sonríe. Ella nunca ha estado en Portugal, pero le gusta escuchar sus historias.
Después sube una mujer joven con una mochila grande. Ana la reconoce: es Elena, una chica que estudia y trabaja al mismo tiempo. Elena siempre parece cansada. Un día, Elena le contó a Ana que su familia es de Paraguay. "En Paraguay", dijo Elena, "mi abuela tiene una casa grande con un jardín." Ana pensó que Paraguay debía ser un lugar muy bonito.
El autobús avanza por las calles de la ciudad. Ana ve por la ventana numerosas tiendas, parques y personas que caminan rápido. Cada día es diferente, pero también es igual.
Al final del día, Ana vuelve a limpiar el polvo de los asientos vacíos. Los pasajeros ya se fueron. El autobús está tranquilo y silencioso. Ana piensa en Carlos, en Elena, en Paraguay, en Portugal. Piensa que su trabajo no es glamoroso, pero ella conoce numerosas historias pequeñas que hacen grande su día.