Elena llega al puerto a las cinco de la tarde. El sol está bajo y hace frío. Ella lleva una ropa de invierno y camina poco a poco por el lado del agua. Ve los barcos grandes de la armada cerca de la costa. Son barcos muy serios. La armada cuida este puerto desde hace muchos años.
Elena sube en el carro del cable. El cable sube muy alto sobre la ciudad. Desde arriba, ella puede ver todo: las calles, los edificios, el mar. El cable se mueve poco a poco y ella se siente bien. Abajo, las luces de la ciudad empiezan a brillar. El precio es muy bajo, y por eso mucha gente lo usa cada día.
Cuando baja, Elena escucha música. Un hombre toca su instrumento de cuerdas en la plaza y empieza a cantar. Su voz es clara y fuerte. La gente se para para escuchar. Elena también se para. No conoce la canción, pero le gusta cantar, y en voz muy baja, ella canta las palabras que puede recordar. Es un momento simple y bonito.
Más tarde, Elena va a un café pequeño cerca del mar. En la mesa hay una bola de vidrio. La bola refleja las luces del café, como si tuviera luz propia. La bola refleja todo lo que está cerca. El hombre del café le dice que esa bola está allí desde hace muchos años. Es difícil comprender cómo algo tan pequeño puede tener tanta historia. Pero Elena quiere comprender la ciudad así: con calma, con tiempo, con atención a las cosas pequeñas.
Ella bebe su café y mira por la ventana. Los barcos de la armada están en el agua. El cable sube y baja en la noche. La bola de vidrio sigue brillando. Elena sonríe. Esta ciudad le habla, y ella quiere escuchar.