Hace un año, mi familia decidió viajar juntos por primera vez en mucho tiempo. Éramos cinco: mi madre, mi padre, mi abuela, mi hermano menor y yo. Mi abuela llevaba un tomo enorme en su bolsa — un libro viejo y grueso que leía en cada viaje. "Este tomo tiene todas las respuestas," decía ella, y sonreía.
El primer día fue perfecto. Viajamos en tren y vimos el campo desde la ventana. Mi hermano menor tenía miedo de viajar tan lejos, pero pronto se olvidó de su terror. Miraba los árboles y los ríos con los ojos muy abiertos. El terror desapareció rápido cuando encontró un asiento al lado de la ventana.
Al segundo día, llegó una tormenta. El cielo se puso oscuro y empezó a llover mucho. Era una tormenta fuerte, con viento y truenos. Tuvimos que parar en un pueblo pequeño y esperar. Mi madre buscó un hotel. Mi padre buscó comida. Mi abuela abrió su tomo y siguió leyendo, tranquila, como si la tormenta no existiera.
Pasamos la noche en ese pueblo. Por la mañana, el sol volvió. Mi hermano subió a lo más alto de una colina cerca del hotel. Desde ese top de la colina, se veía todo el valle. "¡Vengan!" gritó. Subimos todos. Desde arriba, desde ese top verde y brillante, el mundo parecía muy grande y muy bonito.
Mi abuela llevó su tomo hasta arriba también. Lo abrió una vez más, leyó una página, y cerró el libro. "Ya no necesito este tomo," dijo. "Esto es mejor."
Cuando llegó el momento de volver a casa, nos dimos un abrazo largo. Le dijimos adiós al pueblo, adiós a la colina, adiós a la tormenta que nos había reunido allí. Decir adiós fue difícil. Pero mi familia estaba unida, y eso era lo más importante.
Han pasado an año desde ese viaje. Cada an año, mi familia habla de volver. Creo que volveremos pronto.